Siempre me han gustado las cafeterías, los bares, esos lugares de encuentro. Mucho antes de los móviles me encantaba tomarme un café, normalmente esperando a alguien, o sola el de media mañana, y simplemente observar. Las escenas, la gente, la luz. Cuántas veces pensé que me hubiera gustado tener una cámara en la mano. Pero capturar la atmósfera como lo hace Yona, eso es otra cosa. Eso no es solo tener una cámara. Es una mirada.
Yona no me menciona influencias directas. Y quizás eso también dice algo de ella, una mujer que ha construido su mirada desde ella misma, desde décadas de trabajo con la imagen, el color y la luz como diseñadora, desde su propia manera de ver el mundo.
Lo que sí se ve claramente en sus fotografías es una relación profunda con la pintura. Esa luz cálida y envolvente, esos interiores donde la vida ocurre sin espectáculo, esa atmósfera entre lo real y lo ligeramente irreal , me recuerdan, y lo digo con mucha cautela porque es solo mi lectura, a algo entre Vermeer y Hopper. Esa luz que parece venir de dentro de la escena, esa soledad, ese tiempo suspendido.
La semana que viene cerramos con Yona, y con ese Instagram que merece la pena descubrir despacio, imagen a imagen.
Sus post anteriores:
The Quiet Observer — Yona Elig · La fotógrafa 1/5


