¿Te cuento algo que casi nunca confieso?
El otro día te comentaba que una foto no está terminada hasta que pasa por el revelado.
Ese momento en el que decides qué haces con ella.
Ahí es donde entra tu mirada, tu intención, tu manera de ver el mundo. (O por lo menos lo intentas)
Porque seamos sinceros:
¿cuántas veces hemos visto la misma foto de el mismo lugar…
y, aun así, no vemos lo mismo de un fotógrafo a otro?
El revelado es eso: la parte personal.
Donde dices “esto soy yo”.
Pero hoy te voy a contar un secreto.
No terminan de gustarme mis fotos.
No están mal, ojo.
Pero no estoy contenta.
(Ya me lo decía mi padre: eres la eterna descontenta).
Esta vez, sin embargo, siento que es verdad de otra manera.
No estoy donde quiero estar.
Y a veces me asalta un pensamiento:
“¿Pero quién va a leer mis newsletters si seguro que se dan cuenta que las fotos no son para tanto.”
Pero esto es un poco como mirar Instagram lleno de modelos fitness y pensar:
me falta mucho.
Y luego llegas al gimnasio…
y oye:
ni eres la única,
ni vas tan mal,
ni todo el mundo empezó ayer siendo increíble (bueeeno algunos si).
Así que me repito lo mismo una y otra vez:
Esto es un camino.
Cada uno ha empezado en un punto distinto.
Sigue caminando.
Y quién sabe,
a lo mejor un día llegas a ese lugar en el que miras tus fotos y dices:
“Vale. Ahora sí.”
Hasta el próximo post.
Inquadratura




Pasa un poco con todas las disciplinas creativas, y a veces esa comparación nos quita disfrute de lo que hacemos. No creo que la solución se dejar de compararse porque no es factible y no vivimos en el vacío.
Yo también veo a veces piezas que he pintado y digo: “meh”. Siempre vemos muy claros los errores en nuestro trabajo, incluso cuando hay gente a la que le gusta lo que hacemos.