La historia de un error
Llegamos al sitio donde quería hacer la foto, pero… espera, que me estoy adelantando.
Te cuento.
Estábamos de vacaciones en Bretaña y yo sabía que, no muy lejos, había esa casita preciosa perdida en mitad de una bahía, sobre una islita diminuta. Tenía que fotografiarla sí o sí.
Ibamos en familia, así que preparé todo:
Niños con su jersey , check.
Meriendas , check.
Bolso, llaves, móvil , check.
Planazo , check.
Llegamos. Me bajo del coche. Miro al asiento de atrás, el maletero, entre mis hijos…
¿La mochila de la cámara… dónde está? No en serio ¿dónde está?
No.
No.
NO.
En casa. En casa.
Te juro que casi me da un parraque.
Total: habíamos ido para nada. O eso parecía.
Además, era por la tarde, el sol no daba nada de luz a la casita… (Tenía fotos de móvil para enseñarte la diferencia, pero mi móvil murió. Ahora lo guardo todo en la nube, palabra).
Así mini paseo para disimular mi drama interior, vuelta al coche y a casa. Yo, nivel desilusión máxima.
Pero insistí: al día siguiente volvíamos. Por la mañana esta vez. Y rezando para que no lloviera, porque es Bretaña y… bueno, ya sabes.
Y esta vez sí.
Acierto total.
El sol justo donde tenía que estar.
Los colores perfectos.
Tiempo de sobra para disparar.
Y encima pudimos recorrer la bahía y sacar más fotos “para la saca”.
Al final entendí que el día anterior había sido un doble error: olvidar la cámara y no mirar la app del sol (¿tú la miras?). Pero ese error me llevó justo al momento perfecto. Me permitió ver el lugar, imaginar la foto, prepararla en la cabeza.
A veces, las cosas salen mejor cuando primero salen fatal.
Ya lo decía Paulo Coelho:
“Cuando parece que todo va mal, es porque algo mejor está por venir.”
Hasta el próximo post.
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